Conviene aclarar, por un por si
acaso, que el Mont Blanc es el Mont Blanc, y sólo hay uno. Lo demás
son sucedáneos, que quisieran ser lo que no son y nunca podrán lograr ser. El Montblanc tarraconense –cambia mucho la
manera de escribirlo, y a partir de ahí se marca la diferencia- es un pueblo
que está porque en esta España nuestra
tiene que haber de todo, pero sus carnavales ni son famosos –aunque hoy se
hable de ellos- ni tienen gracia los que participan. No son andaluces, y sus chirigotas las realizan con mala leche o, mejor dicho, desde el
odio. Estos no saben jugar.
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lunes, 12 de febrero de 2018
domingo, 11 de febrero de 2018
Olor a pueblo, sabor a ajo
Cuesta, sin duda, subir a esta atalaya del Mont Blanc. Una vez arriba, hemos logrado desasirnos de las garras
del pueblo, que no quiere decir que a las faldas, aquí, no haya pueblos; también
los hay, muy bonitos, sí, y huelen a pueblo, de lo que se habría sorprendido el
mismísimo Manolo Escobar. Es cierto,
sí, hay otros pueblos, en otros países, que huelen a pueblo. Lo del olor al ajo
ya es otra cosa, pero es que cada día se hacen menos sopas de esta especie de
las liliáceas, que a la abuela le resbalaba si era especie o liliácea.
sábado, 10 de febrero de 2018
Desde el Mont Blanc, el absurdo
Que sí, que sí, convencido de que
hay que salir de cuando en vez del pueblo. Se ven las cosas desde otra
perspectiva, desde la otra que no es de esa pueblerina. Porque miren, así, en
una primera salida, se mira la paletada de la portavoza podemita en el Congreso, laseñáMontora,
y dice uno ¡mecachis! Y ya está. Cómo es posible que esas cosas pasen y se haga
de ellas una cuestión de fe, por parte de sus seguidores, o de apostasía, para
los detractores.
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